EL Rincón de Yanka

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domingo, 19 de noviembre de 2017

CAPITANES INTRÉPIDOS (CAPTAINS COURAGEOUS)




Capitanes Intrépidos 


La regalada vida de Harvey, el malcriado y consentido hijo de un multimillonario magnate, cambiará de golpe cuando se vea a bordo del pesquero We're Here, en el que descubrirá los rigores y las penurias de la vida en alta mar, y sobre todo, el valor del trabajo, la disciplina y la camaradería. Además de una novela de aventuras, "Capitanes intrépidos" es una historia sobre la madurez, la responsabilidad y el sentido del deber.

Publicada en 1897, Capitanes Intrépidos (Captains Corageous), del británico Rudyard Kipling, es una novela de aventuras clásica, con la acción y el desarrollo típicos del género, poseedora de un ritmo muy vivo y un estilo vigoroso, pero que además del propósito lúdico tiene una clara intención moralizante, enfocado al público juvenil.

Destacan los mensajes positivos que transmite (lo que hoy llamamos valores), la caracterización de los personajes, la cuidada ambientación, su desarrollo vivaz y, como veremos, el haber sido eclipsada en popularidad por su versión en celuloide.


El resumen es sencillo, porque la historia os sonará: 

Harvey es un joven repelente, arrogante y presuntuoso, hijo de un multimillonario magnate de los transportes. Su padre, centrado en sus negocios, apenas le presta atención y le concede una vida fácil llena de lujos (con apenas dieciséis años tiene doscientos dólares de la época al mes para sus gastos, cuando el sueldo de un obrero podía ser de treinta o cuarenta como mucho). En un viaje a bordo de un enorme trasatlántico, se cae por la borda, mareado por un fortísimo cigarro que se fuma para impresionar a otros viajeros. 


Es recogido por Manuel, un marinero portugués que pertenece a la tripulación del pesquero We're here, capitaneado por el veterano Disko Troop. Una vez a bordo, comienza por comportarse de forma déspota y exigente, pero tras ser puesto a raya por Troop, termina sirviendo como grumete, amistando con Dan (el hijo del capitán), madurando a marchas forzadas, disfrutando de la vida a bordo y de la camaradería del resto de marineros, sintiéndose orgulloso de sus logros, saboreando la sensación de pertenencia a un colectivo y, en resumen, cambiando y convirtiéndose en una mejor persona, un «joven adulto» despierto, maduro y voluntarioso que reniega de su vida anterior. 
Si debo destacar un elemento definitorio de esta novela (tema moral aparte, del que hablaremos) es su ritmo ágil, su amenidad, lo rápidamente que transcurre todo, convirtiéndolo en una lectura muy agradable que, ayudada por su delicioso tono de aventura clásica, de novela de viajes, y por su ambientación «exótica», hacen que se lea con rapidez y resulte liviana, pudiéndose devorar en un par de tardes. 
Kipling conoció los Estados Unidos, que recorrió, y para su libro se vale de la mítica industria pesquera del Estado de Massachusetts (en cuyas costas comienzan Moby Dick y Las aventuras de Arthur Gordon Pym), radicando al We're Here en una localidad llamada Gloucester, sede de la flota bacaladera en la que destaca, entre todos, el barco del capitán Disko Troop. Si bien la pesca del bacalao no tiene el exotismo ni la épica de otras grandes odiseas marinas, el autor consigue darle un cariz heroico, convirtiéndola en una lucha del hombre contra los rigores del Atlántico, y en una persecución casi frenética de los bancos de peces, a los cuales el experimentado Troop y su tripulación casi parecen presentar batalla en vez de pescarlos. 

Kipling muestra a la marinería como un colectivo unido, como un universo propio con sus reglas, tradiciones, usos y costumbres, con sus rencillas, bromas y enemistades (los de Gloucester sienten una especial antipatía por los marineros franceses), pero que siempre disfruta del ambiente de trabajo y de competencia que se propicia cuando barcos de tan distintas procedencias y nacionalidades se dan cita en un caladero para hacerse con el precioso pescado, y donde el mayor orgullo es llenar hasta arriba de bacalao salado las bodegas y regresar al hogar antes que los otros barcos. 

Hi, Hi, Yoho. 
¡Mandad vuestras cartas!
¡Hemos gastado toda la sal, 
hemos levado el ancla!
Aferrad vuestras velas mayores,
volvemos a la patria con mil quinientos quintales
y otros mil quinientos quintales.
Mil quinientos quintales hasta los topes

El resumen es sencillo, porque la historia os sonará: Harvey es un joven repelente, arrogante y presuntuoso, hijo de un multimillonario magnate de los transportes. Su padre, centrado en sus negocios, apenas le presta atención y le concede una vida fácil llena de lujos (con apenas dieciséis años tiene doscientos dólares de la época al mes para sus gastos, cuando el sueldo de un obrero podía ser de treinta o cuarenta como mucho). En un viaje a bordo de un enorme trasatlántico, se cae por la borda, mareado por un fortísimo cigarro que se fuma para impresionar a otros viajeros. Es recogido por Manuel, un marinero portugués que pertenece a la tripulación del pesquero We're here, capitaneado por el veterano Disko Troop. Una vez a bordo, comienza por comportarse de forma déspota y exigente, pero tras ser puesto a raya por Troop, termina sirviendo como grumete, amistando con Dan (el hijo del capitán), madurando a marchas forzadas, disfrutando de la vida a bordo y de la camaradería del resto de marineros, sintiéndose orgulloso de sus logros, saboreando la sensación de pertenencia a un colectivo y, en resumen, cambiando y convirtiéndose en una mejor persona, un «joven adulto» despierto, maduro y voluntarioso que reniega de su vida anterior. 

Dentro de todos estos personajes, Harvey es, evidentemente, el protagonista, y la historia, narrada en tercera persona, versará sobre él, siendo el eje argumental la transformación que sufrirá a lo largo del relato, de joven burgués indolente a avispado grumete amante de la rigurosa y fatigosa vida de un barco pesquero. Será al final del libro cuando esta intención moral de Kipling se haga más notoria, y vemos a través de los logros de Harvey, de cómo reconduce su vida y de cómo desprecia los lujos y la frivolidad de su existencia pretérita, que el autor desea exaltar las virtudes del trabajo duro y disciplinado, así como la importancia de la figura paterna en la educación de los niños. 

Porque Disko Troop, que se presenta como antítesis del padre de Harvey, no sólo es el capitán del We're Here, sino que es también el padre de Dan (el grumete que se convertirá en el inseparable amigo y apoyo de Harvey) al que trata con exigencia y con rigurosidad, pero con justicia, y al que no descuida un momento. Troop es, en general, una figura paterna, en cuanto se desvela por su tripulación, la cual le trata con admiración y respeto, que se extienden a toda la flota bacaladera, en la que es un referente por su experiencia y su habilidad. 

El valor de la camaradería, de la confianza en los otros miembros de la tripulación, personas de las que puede depender la propia vida, y cuya vida depende de la de uno, es otro de los elementos morales que vemos claramente en esta novela. Que Harvey comprenda la importancia de su responsabilidad para con el grupo es algo que Kipling maneja como motor de la trama, y a la par que aprende a desenvolverse en el entorno, que muestra el proceso de maduración y de metamorfosis del protagonista. 

Así que Capitanes intrépidos es, en resumen, una novela de viaje personal, un "bildungsroman" (novela de formación) en el que Harvey es arrancado de su existencia y expuesto a un viaje tanto físico como vital, haciéndole madurar y desarrollar habilidades que le permitan completar airoso su aventura, de la que saldrá fortalecido como individuo. De tal manera que el autor, valiéndose de un argumento emocionante, una ambientación atractiva y de un estilo narrativo ameno y animado, crea una historia que es un clásico de la literatura que recomiendo leer a los amantes de las grandes novelas de aventuras decimonónicas y que puede resultar una lectura más que agradecida para cualquiera. 

Entre todas las licencias artísticas que Victor Fleming se tomó para articular su versión de Capitanes Intrépidos, brilla con especial intensidad la escena de Manuel cantando, acompañado por su zanfoña, la canción «Ah oh little fish, don't cry, don't cry...» [Vídeo]

Que tiene una curiosa historia detrás. Si bien está compuesta por dos señores que se llaman Gus Khan y Franz Waxman, hay, al menos, tres posibles precedentes:

1) La canción navideña popular catalana titulada El noi de la mare, cuya interpretación más famosa (casi diré recuperación, pues se basa en una pieza del siglo XVI) es obra del compositor y guitarrista catalán Miguel Llobet. [Vídeo]
2) La canción de cuna tradicional australiana The Little Fish, muy extendida en North Queensland, pero a la que atribuyen origen portugués. [Vídeo]
3) La pieza Gaitas, del compositor y guitarrista Santiago de Murcia, madrileño, que compuso diversas piezas de inspiración gallega. Se incluye en Folías Galegas, de su Códice Saldivar IV, de 1732. [Vídeo (atentos a partir del minuto 1:40)]




sábado, 18 de noviembre de 2017

🚣 EMIGRACIÓN CANARIA A LA VENEZUELA PRÓSPERA DE LOS AÑOS 50'


Cuando 12.000 sin papeles españoles 

llegaron a la próspera Venezuela 

de los años 50 

Más de 120 barcos canarios ilegales cruzaron el Atlántico entre 1948 y 1952 en búsqueda de una vida más próspera. Los últimos supervivientes relatan un viaje lleno de penurias, sin agua ni comida y a merced de los temporales. Debían pasar la cuarentena en La Orchila, pero en pocos meses ganaban “fortunas” y se adaptaban con gran facilidad al país donde “todo era demasiado barato”.
Hace 65 años 12.000 españoles se lanzaron al mar y llegaron a Venezuela 

Es la misma historia pero contada en dirección contraria. Sucedió hace 65 años cuando los españoles se lanzaron al mar, aprovechando los alisios, los mismos vientos que ayudaron a Colón, para alcanzar una mejor vida. Bordeaban la costa africana hasta Cabo Verde y de allí se internaban en el océano hasta llegar a Venezuela.
Casi siempre a La Guaira y Carúpano, aunque también llegaron a Margarita y a Trinidad. Era un mes de viaje que costaba unas 5.000 pesetas, una fortuna para la época. Sabían que pasarían trabajo, que casi siempre era suficiente para todos y que probablemente serían detenidos por la policía venezolana al llegar a tierra firme.
Pero el riesgo valía la pena. La dictadura de Francisco Franco en España atravesaba su peor momento y en Canarias no había trabajo, ni mucho menos dinero. Muchas familias vivían del autocultivo y también llegaron a pasar hambre. Ajena a esa realidad de profunda depresión y miseria, Venezuela era entonces un país en el que la prosperidad estaba garantizada. Lo decían los primos, lo repetían los vecinos en las siete islas canarias. Apenas con un mes de trabajo, podían recuperar las 5.000 pesetas que debían pagar por el pasaje. El bolívar entonces tenía una cotización casi paritaria con el dólar estadounidense y la economía gozaba de un crecimiento interanual del 10%.
Hace 65 años 12.000 españoles se lanzaron al mar, aprovechando los alisios, los mismos vientos que ayudaron a Colón, para alcanzar una mejor vida
Venezuela no era otra cosa que la tierra prometida y por eso los marineros y pescadores de las islas comenzaron a ver negocio en la organización de los viajes transoceánicos con hasta 200 personas a bordo de motoveleros. Los viajeros embarcaban con comida y agua calculada para 30 días. Casi todos llevaban sólo una pequeña maleta. Después de más de un mes de travesía, durante la cual muchos de ellos llegaron a afrontar peligrosos temporales, llegaban a Venezuela, la tierra de la que todos hablaban en Canarias, el país desde donde los emigrados enviaban grandes cantidades de dinero a sus familias.
El Gobierno venezolano entendió las ventajas de la mano de obra española, dispuesta a trabajar en los campos en los que no querían operar los campesinos nacionales. Por ello, firmó un convenio con el Gobierno del dictador Francisco Franco para permitir la inmigración legal a partir de 1952. Pero hasta esa fecha, la clandestinidad era el único camino para alcanzar tierra venezolana. Fueron más de 120 barcos los detenidos. En Canarias se calcula que, por todas las vías, más de 12.000 canarios llegaron sin papeles a Venezuela.

La dictadura de Francisco Franco atravesaba su peor momento y en Canarias no había trabajo 

“Venían por los pueblos. Iban diciendo: pasaje a Venezuela por 5.000 pesetas. Allá consigues trabajo fácil y ya empiezas a mandar dinero rápido”, nos cuenta José Hernández, un canario que partió de La Gomera el 9 de agosto de 1950 en el barco El Telémaco hacia Caracas en conversación telefónica hace un par de años. José, con sólo 17 años, viajó con su padre y otros 169 inmigrantes. “Mi padre vendió una finca buena que tenía. Le pagaron 10.000 pesetas. Y dio 5.000 por su pasaje y 4.500 por el mío”, recordaba José, el más joven de los tripulantes de El Telémaco, en diciembre pasado, en Los Teques, donde vivió gran parte de su vida.

Una dura travesía

Santiago Jerez, patrón del barco, aceptó llevarlo a Venezuela a pesar de no haber surcado nunca el océano. Se guiaba por su instinto y por las pobres indicaciones que recibía de pescadores que ya habían hecho la misma travesía.
Su sobrina, Teresa García, era la única mujer entre 170 hombres. A los 10 días de haber emprendido el viaje, una noche, una tormenta sorprendió a la tripulación. Teresa, también en conversación telefónica desde Caracas, cuenta la gran aventura de su vida a la que se sumó muy joven, poco consciente de los peligros que conllevaba cruzar el océano con tan escasos recursos. Pensaba que el viaje era mucho más corto y que se lo pasaría bien. Era la gran ingenuidad de quienes abordaron El Telémaco con muchas esperanzas y casi sin miedo.

Después de más de un mes de travesía, llegaban a Venezuela, la tierra de la que todos hablaban en Canarias, el país desde donde los emigrados enviaban grandes cantidades de dinero a sus familias
“Esa noche nos sorprendió una marea muy brava. Entraba agua por las escaleras. Con el temporal, no se podía ni ver la proa del barco. La gente se tuvo que refugiar en los camarotes. Las olas eran tan grandes que casi se llevaron a Cristóbal Suárez, que manejaba el barco, porque el timón estaba al aire libre. Los tripulantes tuvieron que amarrarlo para que el mar no se lo llevara mientras domaba ese barco”, recuerda Teresa desde su residencia en Caracas.
La tripulación había llevado carne, patatas, arroz, garbanzos, gofio y bidones de agua dulce, pero casi nada sobrevivió al temporal. Entonces, el racionamiento que sufrían los tripulantes se hizo aún mayor. Uno de los viajeros de El Telémaco, Manuel Navarro, que años más tarde obtendría gran reconocimiento en La Gomera por el relato de su aventura, escribió unas décimas que recitaba de memoria durante muchos veranos a sus paisanos interesados por aquella aventura:

“Seis patatas, no muy buenas,
eran y no bien contadas,
la comida destinada
para el almuerzo y la cena,
dejando profunda pena
cuando fueron terminadas;
pero en la desesperada,
comimos sin poner freno
gofio de gusanos lleno
y platos de agua salada”.

Después de la tormenta, adquirió tintes de tragedia. Los tripulantes comenzaban a enfermar y muchos de los viajeros comenzaban a tener diarreas y a vomitar sangre. Eran las consecuencias de la mala alimentación y la hidratación con agua salada.
Cuando la situación comenzaba a ser trágica, El Telémaco vio la salvación. En medio de la ruta, coincidió con un petrolero que provenía de Venezuela. Hicieron señales de auxilio y gritaron por ayuda hasta captar la atención de la embarcación que les salvó la vida. Les regalaron varias garrafas de agua. Sabía a agua limpia, pura, no como la que traían de Canarias que sabía a gasolina porque los bidones no habían sido bien lavados. Los tripulantes del carguero le indicaron al patrón, perdido y desorientado, la ruta hacia las Antillas. En pocos días llegaron a Martinica, donde los locales, sorprendidos por la aventura de aquellos españoles famélicos, acudieron en su ayuda. “Aquellos negros nos salvaron la vida. Se corrió la voz de que andábamos casi sin rumbo y que escapábamos de la miseria en España y llegó media isla a ayudarnos y a llenarnos de comida, de fruta y de agua”, recuerda Teresa desde Caracas.

Ahora son sus hijos y nietos quienes se marchan en busca de libertad y prosperidad 

El final del viaje ya parecía garantizado, y El Telémaco surcó un mar mucho más calmado hasta llegar a La Guaira. Allí, como ya muchos esperaban, los tripulantes fueron detenidos. Los acusaron de tráfico ilegal de personas mientras que la mayoría de los pasajeros fueron puestos en cuarentena en la isla de La Orchila.
El gobierno del dictador Marcos Pérez Jiménez se quería cerciorar de que ninguno de los famélicos inmigrantes portara alguna enfermedad contagiosa. La prensa trababa las noticias en portada, “5 mil pesetas por venir a Venezuela pagaron 112 españoles a una organización fantasma”, publicaba El Nacional el 10 de enero de 1950 y “Con la libertad por brújula, popa a Franco y rumbo a Venezuela”, titulaba el mismo diario el 8 de septiembre de 1948.

Venezuela, “la octava isla”

Pasado el período crítico, todo resultaba muy sencillo en la Venezuela de aquellos días. “A mí todo me parecía baratísimo para la cantidad de dinero que se ganaba. El país era inmensamente rico. Yo ahorré en muy poco tiempo 10.000 bolívares, que eran casi 200.000 pesetas, una fortuna en España”, cuenta Teresa. Una fortuna con la que su compañero de viaje José podía comprar 20 fincas en La Gomera.
Ahora sus hijos y nietos son quienes se marchan huyendo de las colas, la escasez y la inseguridad. En el fondo, es la misma búsqueda: de la libertad y la prosperidad que también perseguían sus abuelos

Algunos viajeros de aquellos barcos regresaron a su tierra después de haber acumulado una buena cantidad de ahorros. A la vuelta, lograron construir una admiración colectiva en las Islas Canarias y si alguno regresaba tenía que recorrer todas las casas para contar la aventura. Eran los días en que Venezuela fue bautizada como “la octava isla”.
Pero muchos otros como José Hernández y Teresa García, decidieron afincarse en Venezuela, formar sus familias y sus nuevas vidas. Fueron conquistados por aquella tierra moderna, en pleno desarrollo, y llena de gente amable, un país que, 65 años después, ya pocos reconocen. Ahora sus hijos y nietos son quienes se marchan huyendo de las colas, la escasez y la inseguridad. En el fondo, es la misma búsqueda: de la libertad y la prosperidad que también perseguían sus abuelos. Ellos forman parte de la nueva generación que regresa a sus orígenes para recordar que la vida también es un viaje de ida y vuelta.



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En las décadas 40 y 50 del siglo XX miles de canarios se embarcan en veleros rudimentarios que viajan clandestinamente hacia Venezuela. A pesar de las penurias de la navegación y los accidentes, muchos llegan a las costas venezolanas. Unos triunfaron económicamente, otros subsistieron en condiciones muy pobres, todos ellos rememoran sus vicisitudes, reconstruyen su aventura y reflexionan sobre el fenómeno migratorio de las pateras Subsaharianas que llegan a Canarias en la actualidad.





Gonzalo Morales recrea lo que bien podría ser el relato de uno de los miles de subsaharianos que han arribado en patera a las Islas en los últimos 14 años. El escritor cuenta, por ejemplo, que los sin papeles canarios pasaban casi todo el día en la bodega del barco, “donde sólo cabían tumbados y apretados como sardinas en lata”. “Hacían sus necesidades tras unos tablones, vomitaban unos sobre otros y pronto se llenaron de piojos. El ácido de los vómitos y el salitre del mar desgastaron sus ropas, que se convirtieron en harapos. Con aquellos jirones, las mujeres hicieron compresas cuando se les presentó la regla. La Elvira hedía como una cloaca”, denota Morales.



El balandro, de apenas 19 metros de eslora, pasó más de 35 días en alta mar, hasta que la Guardia Nacional lo detectó a unas pocas millas de Carúpano. De ahí, según algunas de las personas que participaron en aquella travesía, los irregulares canarios fueron trasladados hasta un centro de inmigración de Caracas, donde iniciaron un periplo que los llevaría por distintos estados del país. La mayoría, no obstante, pudo reiniciar su vida en Venezuela, e incluso alguno regresó con los años a su tierra.

El suplicio de todos aquellos isleños que partieron el siglo pasado hacia países como Cuba, Argentina y, sobre todo, Venezuela, guarda numerosas similitudes con el actual movimiento de las pateras y los cayucos africanos. Captados igualmente por mafias, aquéllos empeñaban sus escasos bienes contrayendo deudas en condiciones leoninas. Como norteafricanos y subsaharianos, se jugaban la vida en el mar por poco más de 20 bolívares diarios, unas 400 pesetas que se suponía iban a cobrar por maratonianas jornadas de trabajo.

Los barcos de entonces no llevaban motores ni GPS, pero los inmigrantes también eran perseguidos por la Guardia Civil, y transportaban casi siempre a más personas de las que cabían. Incluso, para evitar contratiempos, las rutas se hacían cada vez más complejas, lo que originaba travesías muy largas en condiciones infrahumanas. Se calcula que, sólo en la década de los cuarenta, de las Islas salieron 128.000 canarios hacinados en barcos de vela.

El perfil del emigrante era similar al que encontramos ahora. Predominaban los jóvenes solteros en edades tempranas, la mayoría agricultores, que como ocurre en la mayor parte de África, debían escapar del Archipiélago para poder dar a los suyos la estabilidad que las Islas no podían ofrecerles. Eso sí, a diferencia de ahora, de aquella época no hay documentado un solo naufragio, ni una muerte, aunque varios historiadores aseguran que sí las hubo. Su única herramienta para orientarse era un sextante y, aunque los patrones de los barcos eran buenos navegantes, nunca antes habían cruzado el océano. Como asegura el profesor y ex senador herreño Venancio Acosta, hijo de uno de los viajeros de aquel barco, “fue un milagro que llegase a Venezuela”.

El periplo de La Elvira bien podría convertirse en guión cinematográfico, aunque huelga decir que la realidad supera a la ficción. Como narra el escritor Gonzalo Morales, “los inmigrantes permanecieron durante varios días ocultos en casas particulares. Juan Azcona, uno de los organizadores del viaje, declaró que alojó en su vivienda a más de 20”. Si le hubieran aplicado la actual Ley de Extranjería habría pasado un mínimo de tres años en la cárcel por tráfico de personas. De ese mismo delito habría podido ser acusado Ramón Redondo, que un mes antes había pagado 250.000 pesetas por La Elvira, que durante 96 años había sido empleada para la pesca en las costas de África. “Redondo pensaba amortizar la compra con el precio de los pasajes y con la venta del lastre de sal que llevaba el barco”, cuenta el libro Fugados en velero.

Antonio Domínguez, apodado El Puro por su afición al tabaco, era el capitán costero encargado de sacar el balandro de Canarias. Luego debía pasarle el mando a Antonio Cruz Elórtegui, capitán de altura. Pero Elórtegui había mentido: “Soy un perseguido político vasco. No tengo dinero y presentarme como capitán era la única forma de embarcar”, confesó. Intentaron lincharlo, pero el armador, el costero y los cinco marineros lo evitaron. “Tenemos que volver”, anunció El Puro al ver que carecían de capitán. Pero un pasajero llamado Regino Camacho, que antes de la Guerra Civil había sido acusado de asesinato, armó un motín y, pistola en mano, le persuadió de que se hiciera cargo de la nave. No era Camacho el único homicida que viajaba en el barco, ni el suyo el único revólver a bordo. De hecho, al final de la travesía las autoridades venezolanas intervinieron tres armas de fuego en La Elvira.

Las contradicciones en los testimonios de aquellos sin papeles, unido al inexorable paso del tiempo, han propiciado que no exista certeza sobre algunos datos de la expedición clandestina. Así, la información del diario Agencia Comercial habla de que “en La Elvira llegaron 95 hombres, 10 mujeres y un niño tras 26 días de travesía. Todos carecían de documentación. Dos de los tripulantes del balandro se fugaron en San Juan de Unare, donde pocos meses antes había sido apresado el velero Rafaela Orive con 57 inmigrantes canarios a bordo”. Los dos barcos, reseña el artículo, “permanecen en el puerto de Carúpano, ignorándose que habrá de determinar el Gobierno con estos numerosos inmigrantes que, según parece, en su mayoría son hombres de trabajo y padres de familia”. El libro de Gonzalo Morales, en cambio, habla de 36 días de viaje hasta Carúpano y posiblemente más pasajeros que los 106 que arribaron a puerto, tras una travesía donde sólo la suerte y la destreza de El Puroles permitió esquivar una tragedia segura.

Más emigrantes que inmigrantes

Juan Francisco Martín Ruiz, catedrático de Geografía Humana de la Universidad de La Laguna y experto en movimientos de población, deja claro que “en términos comparativos, salían más emigrantes de Canarias en determinadas épocas de la historia que los que llegan ahora a nuestras costas”. Por este motivo, asegura que debe existir “un principio de solidaridad entre las poblaciones que hay que respetar” y no debe perderse la “memoria histórica”. Martín incide en que “el carácter eminentemente migratorio de los canarios se refleja en determinados periodos de la historia”. “La llegada de veleros clandestinos a Venezuela y otras repúblicas de América latina era muy frecuente y similar a la que se está produciendo ahora con los cayucos. Así, nos encontramos una Canarias emigratoria desde el siglo XVIII, e inmigratoria sólo desde 1980”, concluye el profesor Martín Ruiz.

Publicado en el Diario de Avisos




EL EMIGRANTE CANARIO - ALBERTO RAFAEL




MALAGUEÑAS DEL EMIGRANTE

viernes, 17 de noviembre de 2017

LA ENVIDIA Y EL SÍNDROME DE SOLOMON


La envidia y el síndrome de Solomon



Formamos parte de una sociedad que tiende a condenar el talento y el éxito ajenos. La envidia paraliza el progreso por el miedo que genera no encajar con la opinión de la mayoría. Uno de los mayores temores del ser humano es diferenciarse del resto y no ser aceptado.

En 1951, el reconocido psicólogo estadounidense Solomon Asch fue a un instituto para realizar una prueba de visión. Al menos eso es lo que les dijo a los 123 jóvenes voluntarios que participaron –sin saberlo– en un experimento sobre la conducta humana en un entorno social. El experimento era muy simple. En una clase de un colegio se juntó a un grupo de siete alumnos, los cuales estaban compinchados con Asch. Mientras, un octavo estudiante entraba en la sala creyendo que el resto de chavales participaban en la misma prueba de visión que él.

Haciéndose pasar por oculista, Asch les mostraba tres líneas verticales de diferentes longitudes, dibujadas junto a una cuarta línea. De izquierda a derecha, la primera y la cuarta medían exactamente lo mismo. Entonces Asch les pedía que dijesen en voz alta cuál de entre las tres líneas verticales era igual a la otra dibujada justo al lado. Y lo organizaba de tal manera que el alumno que hacía de cobaya del experimento siempre respondiera en último lugar, habiendo escuchado la opinión del resto de compañeros.
La conformidad es el proceso por medio del cual los miembros de un grupo social cambian sus pensamientos, decisiones y comportamientos para encajar con la opinión de la mayoría”. 

Solomon Asch
La respuesta era tan obvia y sencilla que apenas había lugar para el error. Sin embargo, los siete estudiantes compinchados con Asch respondían uno a uno la misma respuesta incorrecta. Para disimular un poco, se ponían de acuerdo para que uno o dos dieran otra contestación, también errónea. Este ejercicio se repitió 18 veces por cada uno de los 123 voluntarios que participaron en el experimento. A todos ellos se les hizo comparar las mismas cuatro líneas verticales, puestas en distinto orden.

Cabe señalar que solo un 25% de los participantes mantuvo su criterio todas las veces que les pre­­guntaron; el resto se dejó influir y arrastrar al menos en una ocasión por la visión de los demás. Tanto es así, que los alumnos cobayas respondieron incorrectamente más de un tercio de las veces para no ir en contra de la mayoría. Una vez finalizado el experimento, los 123 alumnos voluntarios reconocieron que “distinguían perfectamente qué línea era la correcta, pero que no lo habían dicho en voz alta por miedo a equivocarse, al ridículo o a ser el elemento discordante del grupo”.

A día de hoy, este estudio sigue fascinando a las nuevas generaciones de investigadores de la conducta humana. La conclusión es unánime: estamos mucho más condicionados de lo que creemos. Para muchos, la presión de la sociedad sigue siendo un obstáculo insalvable. El propio Asch se sorprendió al ver lo mucho que se equivocaba al afirmar que los seres humanos somos libres para decidir nuestro propio camino en la vida.

La luz de Nelson Mandela

Después de 27 años en la cárcel y ser elegido en 1994 presidente electo de Sudáfrica, Nelson Mandela compartió con el mundo entero uno de sus poemas favoritos, escrito por Marianne Williamson: 
“Nuestro temor más profundo no es que seamos inadecuados. Nuestro temor más profundo es que somos excesivamente poderosos. Es nuestra luz, y no nuestra oscuridad, la que nos atemoriza. Nos preguntamos: ¿quién soy yo para ser brillante, magnífico, talentoso y fabuloso? En realidad, ¿quién eres para no serlo? Infravalorándote no ayudas al mundo. No hay nada de instructivo en encogerse para que otras personas no se sientan inseguras cerca de ti. Esta grandeza de espíritu no se encuentra solo en algunos de nosotros; está en todos. Y al permitir que brille nuestra propia luz, de forma tácita estamos dando a los demás permiso para hacer lo mismo. Al liberarnos de nuestro propio miedo, automáticamente nuestra presencia libera a otros”.
Más allá de este famoso experimento, en la jerga del desarrollo personal se dice que padecemos el síndrome de Solomon cuando tomamos decisiones o adoptamos comportamientos para evitar sobresalir, destacar o brillar en un grupo social determinado. Y también cuando nos boicoteamos para no salir del camino trillado por el que transita la mayoría. De forma inconsciente, muchos tememos llamar la atención en exceso –e incluso triunfar– por miedo a que nuestras virtudes y nuestros logros ofendan a los demás. Esta es la razón por la que en general sentimos un pánico atroz a hablar en público. No en vano, por unos instantes nos convertimos en el centro de atención. Y al exponernos abiertamente, quedamos a merced de lo que la gente pueda pensar de nosotros, dejándonos en una posición de vulnerabilidad.

El síndrome de Solomon pone de manifiesto el lado oscuro de nuestra condición humana. Por una parte, revela nuestra falta de autoestima y de confianza en nosotros mismos, creyendo que nuestro valor como personas depende de lo mucho o lo poco que la gente nos valore. Y por otra, constata una verdad incómoda: que seguimos formando parte de una sociedad en la que se tiende a condenar el talento y el éxito ajenos. Aunque nadie hable de ello, en un plano más profundo está mal visto que nos vayan bien las cosas. Y más ahora, en plena crisis económica, con la precaria situación que padecen millones de ciudadanos.
Desde pequeños nos enseñan más a criticar y destruir que a halagar y construir, y esto puede ser, el origen de nuestra realidad
Detrás de este tipo de conductas se esconde un virus tan escurridizo como letal, que no solo nos enferma, sino que paraliza el progreso de la sociedad: la envidia. La Real Academia Española define esta emoción como “deseo de algo que no se posee”, lo que provoca “tristeza o desdicha al observar el bien ajeno”. 

La envidia surge cuando nos comparamos con otra persona y concluimos que tiene algo que nosotros anhelamos. Es decir, que nos lleva a poner el foco en nuestras carencias, las cuales se acentúan en la medida en que pensamos en ellas. Así es como se crea el complejo de inferioridad; de pronto sentimos que somos menos porque otros tienen más.

“Ladran, luego cabalgamos”(dicho popular)

Bajo el embrujo de la envidia somos incapaces de alegrarnos de las alegrías ajenas. De forma casi inevitable, estas actúan como un espejo donde solemos ver reflejadas nuestras propias frustraciones. Sin embargo, reconocer nuestro complejo de inferioridad es tan doloroso, que necesitamos canalizar nuestra insatisfacción juzgando a la persona que ha conseguido eso que envidiamos. Solo hace falta un poco de imaginación para encontrar motivos para criticar a alguien.

El primer paso para superar el complejo de Solomon consiste en comprender la futilidad de perturbarnos por lo que opine la gente de nosotros. Si lo pensamos detenidamente, tememos destacar por miedo a lo que ciertas personas –movidas por la desazón que les genera su complejo de inferioridad– puedan decir de nosotros para compensar sus carencias y sentirse mejor consigo mismas.

¿Y qué hay de la envidia? ¿Cómo se trasciende? Muy simple: dejando de demonizar el éxito ajeno para comenzar a admirar y aprender de las cualidades y las fortalezas que han permitido a otros alcanzar sus sueños. Si bien lo que codiciamos nos destruye, lo que admiramos nos construye. Esencialmente porque aquello que admiramos en los demás empezamos a cultivarlo en nuestro interior. Por ello, la envidia es un maestro que nos revela los dones y talentos innatos que todavía tenemos por desarrollar. En vez de luchar contra lo externo, utilicémosla para construirnos por dentro. Y en el momento en que superemos colectívamente el complejo de Solomon, posibilitaremos que cada uno aporte –de forma individual– lo mejor de sí mismo a la sociedad.